Las llagas de la Monja (I). Así se desacreditan los milagros


Las llagas de la Monja (I). Así se desacreditan los milagros

  • Y así se persigue a los santos.
  • La última aparición mariana en Madrid fue en el siglo XIX, a Sor Patrocinio, ‘la monja de las llagas’.
  • La misma religiosa que experimentó éxtasis permanente, levitaciones y, lo más llamativo, los estigmas de la crucifixión.
  • Había que machacarla.

Las llagas de la Monja (I). Así se desacreditan los milagros

Recuerdo que mi primer ‘encuentro’ con ‘la monja de las llagas’ Sor Patrocinio (en la imagen), religiosa concepcionista española, nacida en 1811, coincidió con lo que me explicaría un catedrático de Historia, perteneciente a una importante congregación religiosa católica, quien, en pocas palabras, vino a concluir lo siguiente: “Eulogio, lo de esa monja suena muy rarote”. Vamos que, como el chiste del vasco, no era muy partidario de Sor Patrocinio.


Hablo de la religiosa concepcionista conocida como la monja de las llagas, la religiosa que ‘sufrió’ los estigmas de la crucifixión. Nacida en 1811, vivió experiencias místicas continuas, así como disfrutó de apariciones de la Santísima Virgen María. Apariciones aprobadas por la Iglesia, para que quede claro. Además, de eso, Sor Patrocinio, tuvo dones de clarividencia, locuciones, levitaciones y siga usted contando.

Salustiano Olózaga, uno de los políticos progresistas más famosos de la primera parte del XIX y, como si dijéramos, un poquito cabrón, persiguió con saña a Sor Patrocinio. La religiosa sufrió las iras que se desataron en España contra el clero en paralelo a las desamortizaciones de aquellos grandes ciudadanos que fueron Madoz y Mendizábal, acompañadas de los no infrecuentes asesinatos de miembros de la clerecía, a veces en acciones individuales, a veces masivas, siempre alentadas por los ‘progresistas’. Vamos, que el decimonono fue siglo de merienda de curas, que no de negros, perpetrada, eso sí, en nombre de la modernidad ilustrada, ya lo creo que sí.

Pues bien, ahora resulta que otro catedrático de Historia, el profesor Javier Paredes, de la Universidad de Alcalá, es quien toma la bandera de Sor Patrocinio y firma el libro “Las llagas de la monja” que recoge, sobre todo, los siete años (1829-1836) que pasa en el madrileño monasterio de Caballero de Gracia, al final destruido por las muy progresistas fuerzas políticas (tan progresistas como Pedro Sánchez, si no más) liberales de la época.

Y, en pocas palabras: me he quedado de una pieza. ¡Qué librazo! Pero no sólo porque recuerda la última aparición mariana aprobada por la Iglesia -de nuevo insisto: aprobada por la iglesia-, sino por lo que representa la Virgen del Olvido -un regalo de Santa María a Sor Patrocinio- y por la descripción de la persecución anticlerical del siglo XIX en España, así como por la forma de enfocar aquellos milagros humanamente inexplicables de una religiosa, al que muchos cristianos y curas reaccionaron como nuestro contemporáneo catedrático: me suena rarote, ergo no me lo creo.

Por ejemplo, lo que más me ha llamado la atención del espléndido libro del catedrático Paredes (ayudado, por cierto, por la exposición teórica de Eudaldo Forment, catedrático de Metafísica) es la relación entre milagro y ciencia.

O la falta de relación. En otras palabras, puede que todo suene muy rarote pero el milagro continuo que resultó ser la vida de Sor Patricio es demostrable, perfectamente demostrable, una y otra vez, con todo el rigor que exige la crítica histórica más severa.

Ante estos hechos extraordinarios, primero se reaccionó con burlas, luego con disquisiciones, pero ante la terquedad de los hechos y la profusión de testigos se produjo la reacción más habitual ante los hechos extraordinarios: algunos clérigos (no así buena parte de la jerarquía y el propio Papa Gregorio XVI) miraron hacia otro lado, y los enemigos de la Iglesia, por ejemplo, don Salustiano -un tipo un poquito cabrón, como creo haber dicho antes- decidieron aplicar la técnica futbolística más antigua: o pasa el balón o pasa el hombre, pero los dos juntos jamás. Traducido al castellano, que es menos hipócrita: muerto el perro, se acabó la rabia: ¡A por Sor Patrocinio!

Eulogio López